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Una foto, un recuerdo

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La fotografía de esta portada podría decirse que la hice por casualidad una tarde cualquiera. Pero debo decir que obedece a la satisfacción de un deseo. Su vista me sedujo. La cámara en ristre  de modo similar a los turistas que, mirando a todas partes,  deambulan por las calles de la ciudad, pasaba yo por la calle camino a cualquier parte donde ejercitar mi arte (recién estrenado arte de fotografiar lo que fuera) Como decía, la vista de aquella casa provocó mi parada en seco. Deseé entonces fotografiarla. Guardarla para mi. Apropiarme de la imagen congelada por mi cámara. Satisfice mi deseo. Fotografié la fachada tal como se ofrecía a mi: limpia, clara, silenciosa y solitaria. 
Seguí mi camino hacia cualquier lugar del pueblo donde el sol me llevara. Pronto el cielo comenzó a ponerse rojo, las nubes se volvían negras y cuando quise darme cuenta de dónde estaba la noche había comenzado a caer. 

Carmen y Juanita, curanderas de Villena

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Diez años enteros de mi vida, de mi vida de juventud, los dediqué a estudiar en profundidad la filosofía, la organización social, el ejercicio profesional y el modo de reproducción de los curanderos y de otras facultades en el Valle del Vinalopó (Alicante). Tal dedicación y los resultados obtenidos me autorizan a opinar con total conocimiento de causa. Fui la primera persona que investigó este tema en Villena y alrededores. La cuestión de la medicina popular, vinculada al espiritismo, no se conocía con anterioridad; porque no se había investigado ni se había publicado nada al respecto. Algunas personas se molestan -lo siento por ellas y su corto alcance- cuando critico la actuación de los periodistas que escriben frases como la siguiente, referida a una curandera de Villena: "Algo tendrán que ocultar cuando Juanita, una famosa curandera de Villena (Alicante) no quiere que las cámaras entren ni a su sala de espera". ¿Acaso hay alguna Ley que infrinja esa mujer por no dejarles gr…

Ibiza, quién te ha visto y quién te ve...

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Debo agradecer al archiduque de Austria, Luis Salvador de Habsburgo-Lorena, su obra Die Balearen. He podido ver las islas a través de sus ojos escrutadores.
Me dejo llevar en la lectura por su narración y de tanto en tanto algo me arranca una sonrisa o una pequeña exclamación. Así me ocurrió cuando leí el modo de peinarse de las ibicencas, o de fabricar sus largas faldas con tablas: Llevan una trenza... y yo veía a las payesas que he conocido vestidas con sus largas faldas de tablas más desdibujadas que las de las jóvenes "vestidas de ibicenca",  peinadas con una larga trenza sin recoger, suelta sobre la espalda, cubierta la cabeza con un pañuelo de pico negro.  Eran ellas de edad avanzada, en esos años 70-80, las jóvenes hijas ya habían abandonado esa forma de vestir y de peinarse. Y a ese recuerdo uní otro muy reciente, actual: la parte inferior del pelo teñido de rubio. Dice el archiduque:

(...) trozos de trenzas postizas, unidas al extremo de la natural, teñidas de rubi…

Andrés Rueda: Estambul

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Cuando vi la obra de Andrés Rueda por vez primera, me imaginé presenciar una puesta de sol en Estambul. Fantasee en la distancia con formas y espacios. Dibujé la gran cúpula de Santa Sofía flanqueada por los minaretes como lanceros guardianes de su princesa, [primero mora y después cristiana]. Y vi como en un sueño una ciudad de cuento de las mil y una noches, y fantasee con otros tiempos y otras épocas, con moros de a caballo y con cristianos cruzados con las capas al viento y la cruz por estandarte. Y vi los tesoros que Estambul encierra. Y vi una ciudad dividida en dos por el mar y muchas por los hombres. La mirada errabunda siguió colores y busco formas. Y mi cabeza borró formas y diferenció tonos, y encontró gamas, y encontró manchas y descubrió oro y descubrió azules y miró más de cerca, y más adentro. Y se maravilló con el juego de masas de luz sin forma. Que encajan y se resuelven las unas entre las otras. Y atrapa la gran mancha rosa que, ahora, es el cuadro que el ojo selecc…

Detrás de las fotinias

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En medio de un recinto amurallado transcurría su día a día. Se diría que permanecía ahí adentro por propia voluntad. Nada, en apariencia, impedía avanzar a la neófita. Sin embargo, ella permanecía en pie, callada, la cabeza baja, las manos juntas apretada una contra otra como si se sujetara un dolor interno más fuerte que ella misma; los labios apretados se abrían ligeramente de vez en cuando forzados por el aire que salía de su cuerpo, como una exhalación, como si fuera su último suspiro.  Añoraba las tardes junto a Berta, tras el muro vivo que las separaba del jardín y de todas las demás niñas que junto a ellas se educaban, allá lejos, lejos en el tiempo y en el espacio, con las Reverendas Madres del Perpetuo Socorro.  Por entonces ella soñaba con recorrer el mundo. Ella y su amiga, las dos juntas aunque estuvieran a miles de kilómetros una de la otra. Desde que una tarde estuvieron a punto de ser descubiertas, se juraron amor eterno. Amor eterno, cuando el amor es una libertad. Ja…

Desconsuelo

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Luisa se sobresaltó. Conocía la sensación de frío que paraliza el cuerpo de forma inesperada, repentina, como un puñal de acero clavado en su pecho por un asesino traidor cuando nada se sospecha. Corrió asustada hasta donde se encontraba el aparato del teléfono. Levantó el auricular con expectación y con miedo.  Contestó a su madre como quien ya sabe que las nuevas anuncian pena, desconsuelo eterno. Hacía mucho tiempo que Luisa sabía que Berta andaba por el mundo en solitario, que apenas llamaba a su padre ni paraba mucho tiempo en ningún lugar. Se llamaba a sí misma Liberta y ni siquiera Luisa adivinaba de dónde le había venido todo ese rollo que ahora se llevaba entre manos; sólo el sonido telefónico le propinó el golpe de pánico tan característico, tan premonitorio. La noticia horadó su cerebro. Se hizo la noche en su alma. Vio un mundo negro, anegado por el dolor.
Aturdida, se acurrucó en sí misma y lanzó gritos al aire. Alzó los brazos al cielo, se tapó la cara con las manos, cr…

Las cosas no son lo que parecen

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En los dorados y adorados años setenta del pasado siglo se miraba al futuro con fe en un mundo nuevo, mejor para todos, mas igualitario para todos los pueblos, donde los pobres no pasarían hambre, donde los despreciados serían queridos y acogidos, donde la paz reinaría y las guerras habrían desaparecido. La gran esperanza del mundo en el año 2000 era grande. El milenio cambiaba, Franco ya habría muerto y el bienestar cubriría la faz de la Tierra. Discursos cargados de mucha manipulación política se dirigían a las masas de universitarios y de obreros cuando decían iban unidos hacia un mundo mejor, pero ellos lo decían con otras palabras, menos religiosas y más políticas. Algunos hablaban de revolución, de bolcheviques, y de rojos de cuando la guerra (la civil española de 1936-1939) y, no lo dudo, seguro que lo sentían así. Otros muchos, yo creo ahora que vuelvo la vista a atrás, que lo decían por decir. No se lo creían ni pensaban en más revolución que la de su entorno propio: o sea, …