Cosas de mí

lunes, 21 de diciembre de 2015

Berta

El día entero había sido una fiesta. El curso había terminado. Comenzaban las vacaciones de verano, alumnas y profesoras se despedían del colegio hasta el próximo curso, sólo las mayores, las de último año, se despedían con la ilusión de cruzar el umbral del colegio y de salir  al mundo,  contra el que les habían prevenido tantas veces a lo largo de los años de estudiantes de Bachiller.
Berta no pudo pegar ojo en toda la noche. Se iría a Roma con su padre, al que apenas conocía. Lo recordaba, vagamente, de sus vacaciones en el mar cuando era muy niña, mucho antes de ingresar en el internado, mucho antes de perder a su madre.
Saltó de la cama y salió al pasillo por ver si echaba fuera de su cuerpo la indomable inquietud que le asaltó de repente. A punto de gritar, tapó su boca con las dos manos.
Los pilotos del dormitorio iluminaban el suelo y el zócalo con su tenue color ocre. Las ventanas abiertas de par en par dejaban ver el resplandor de la luna sobre la pared del patio de las higueras bajo el dormitorio. Una gran bocanada de aire, y luego otra y después otra y otra le ayudaron a sosegar el ritmo de su respiración. Nerviosa aún, dirigió sus pasos con cautela hacia el cuarto de Luisa. Sin llamar abrió la puerta. Entró.
Ven, siéntate aquí. Ven a mi lado, Le dijo Luisa sin hablar. Se entendían con la mirada, con un solo gesto, un leve movimiento de los ojos. Luisa sabía que Berta no era feliz. Enterada de su extraña relación paterna y su inexistente vida familiar,  Berta  pugnaba por encontrar algo, un poco de orden en esa amraña de sentimientos.