Cosas de mí

viernes, 20 de enero de 2017

La Profesión de Sus Labores en Redueña: Un Modelo De Vida




Boda a finales de los años 60 se celebró en la casa de la novia con una comida para todos los invitados. En generaciones anteriores la costumbre era tomar un chocolate también en la casa de la novia. La  mujer situada en el extremo izquierdo aparece con el mandil y las zapatillas de estar en casa y adecuados para hacer su labor de anfitriona.


A principios de los años 70 la editorial siglo veintiuno editores  publicó un libro titulado Clases sociales en España en el umbral de los años '70. Sus  autores, Ignacio Fernández de Castro y Antonio Goytre, ponían así a disposición del público un estudio sociológico sobre las clases sociales en un lugar y en una época harto complicada para el tema en cuestión.

Lo traigo a estas páginas por ser  la primera publicación que tuve en mis manos donde se hablaba de un sector de la población española denominado sus labores. La expresión no era nueva para mi. La conocía desde niña. Aprendí el enunciado como concepto referente a las tareas propias de la mujer. Era la profesión que todas las mujeres adultas ponían en su DNI. Daba igual que trabajasen como maestras, profesoras, dependientas, empresarias, o sirvientas. Daba igual. Al menos eso decían. También decían que la carrera de la mujer era casarse. O, cuando se muere el padre, se va la llave de la despensa. Y otros dichos y refranes por el estilo.
Las bodas eran buen momento para "hacer el tonto" como en esta fotografía "de rodillas, por eso, por la boda, antes de comer".  Alguna boda hubo por esta época en la que se convidó a los presentes a comer cordero, en casa como era la costumbre. En una de éstas,  me cuentan que  la gracia consistió en echarle a un invitado la grasa por encima del traje.

Matrimonio de ancianos de la sierra norte de Madrid. Fotografía tomada a mediados del siglo pasado. Vivieron en el mismo pueblo que nacieron, allí criaron a sus hijos y vieron crecer a sus nietos, que ahora ya son abuelos y ven crecer a sus nietos en un mundo diferente al suyo. 
La realidad de las mujeres, de la gran mayoría de las "sus labores" era otra:  días y días de trabajo continuado. Tareas que cesaban sólo para dormir lo necesario, sueño reparador,  para volver a empezar al día siguiente otra vez: Pues a barrer, a fregar, a hacer las camas y si por ejemplo el marido, llegaba la época de la siega, y el marido se iba temprano a segar, pues luego la mujer tenía que ir a llevarle el desayuno a la tierra donde estuviera segando, le llevaba el desayuno, se esperaba a que él desayunara. Así ocurría en Redueña, y como digo más arriba, en toda la población española.
Porque, los hombres se iban a trabajar y nunca se sabía cuándo venían. Sin saber cuándo venían o no venían. Aquí había un cura que le decía a mi padre: Samuel, no vas nunca a Misa;  y decía, es que no tengo reloj y entonces como no sé la hora,  que es me voy al campo y no puedo venir. Y recuerdo que le trajo uno de aquellos, que eran de petaca, que se cerraban, y decía mi padre: ¿usted se cree que con este reloj puedo venir a Misa? ¿Qué quiere que se lo ponga en los cuernos a las vacas o dónde se lo pongo?. Hombre valiente de Redueña, trabajador y honrado a cuya familia he tenido el placer de saludar por unos momentos.


"Aquí hay muchos toros, no hacen nada". Pastores y sus familias conocen el ganado, viven de la ganadería, del pastoreo y sus productos. Como se ve en la fotografía, el toro posa como uno más.
Fotografía realizada en los años 30, tiempo antes de la guerra civil 1936-1939. Educadas para ser esposas y madres, como lo fueron sus madres y sus hijas después.
Mujeres de la sierra norte de Madrid. Principio de los años 30.
Un recuerdo y un  refrán surgen en medio de la conversación: Hubo aquí un  sacristán,  que fue sacristán toda la vida, y  su mujer  decía: Las que se dan muchos golpes de pecho, tienen pelos en el corazón. El trabajo, también el de los hombres -y en este caso de hombres que estaban en el campo y/o en la sierra con el ganado- era la vida misma. Los Días y las horas de cosecha, de siega, de siembra, de sacar, llevar o traer a las vacas, a las cabras, a las ovejas;  ordeñar, atender a los animales enfermos o asistir los partos de los animales,  influenciaba sus vidas de forma tal que, todo lo demás giraba en torno a estas tareas como si de un eje que atraviesa la rueda de la vida se tratara.  Una actividad seguía a otra, una primavera seguía a otra primavera,  la tierra completaba su curso  y las faenas del campo y del ganado también.  Aquellos hombres trabajadores y aquellas  mujeres de Redueña, Torrelaguna, El Vellón, Pedrezuela, Patones, Torremocha, Valdemanco, Bustarviejo, La Cabrera, y seguiría nombrando sin parar a toda la sierra norte de Madrid, con sus labores de sol de sol, levantaron y mantuvieron estos pueblos de la sierra; pueblos que ahora, además de sus descendientes, disfrutamos todos los demás, aunque sólo sea para ir de vacaciones.

Grupo de amigos en  1920
 Las tareasproductivas y las tareas domésticas eran  la vida del día a día.  Se trajinaba de sol a sol y se comenzaba a trabajar con muy poca edad. Un hombre, ahora ya abuelo, me decía Hija, qué quieres que sepa yo, si a los  ocho años ya estaba de pastor con mi tío. Su madre, su mujer, sus tías... fueron unas trabajadoras incansables con sus labores como profesión en el Documento Nacional de Identidad. Pues, como decía otra mujer, esta vez refiriéndose a los cambios horarios de primavera y de otoño Las vacas no saben de reloj.
La madre de una de las  mujeres con la que hablo  iba también a vender leche a pueblos cercanos: con el burro iba hasta allí y, casa por casa, vendía la leche. Así hasta más allá de la edad que ahora se jubilan; antes no. Las mujeres nunca. Han trabajado siempre y desde siempre. O sea: Desde su más tierna infancia hasta ser ancianas.
Una de las señoras que me presentan, en estas fechas una amable anciana de noventa y tres años, pero enferma y  dependiente de su  única hija. Esta señora, al hablar sobre el tema que nos ocupa, relata recuerdos y experiencias. Son similares a las oídas anteriormente. Ella  pone como ejemplo a su madre. Pero ésta, como todas las demás, como todas las sus labores trabajaron hasta más allá de lo que muchos han supuesto, porque verlo, no lo han visto.  Cierto es, como en todas las profesiones  que todas no eran iguales, claro. Trabajaban unas más, otras menos. Siempre y en todo lugar, en el espacio y en el tiempo, encontraremos a personas con características distintas y como se dice corrientemente: hay gente que son más vagos que la chaqueta un guarda. Pero esta cualidad es propia de las personas humanas no de los géneros (masculino y femenino) ni tampoco de las profesiones.
Mujeres de dos generaciones sucesivas cumpliendo una promesa. Caminan descalzas y llevan una vela en la mano como ofrenda a San Antonio de La Cabrera, santo de devoción comarcal.
Dos amigas desde la infancia no habían vuelto a verse desde que se casaron y vivieron en otros  pueblos de la misma comarca.  La fotografía se hizo en 1950 por el deseo de volver  verse antes de morir.
Niños y niñas de la escuela, con el cura y con la maestra. Estos pueblos no carecieron de educación, a pesar de la época y de que muchos niños, como en otras zonas españolas, estaban sin escolarizar: empezaban a trabajar a edades muy tempranas, motivo por el que o no iban nunca o dejaban la escuela mucho antes de cumplir los diez años.
Grupo de amigas casaderas en un día de fiesta comarcal.
Pareja en el lugar  habitual  donde iban  los novios a pasar la tarde.
La situación ha ido cambiando en estas últimas décadas. No sólo la profesión/estado de las sus labores, sino las de los hombres y población en general. Ha cambiado el panorama y, para mejor o para peor, esto ya no es lo que era.
En el libro que he citado al comienzo de estas páginas se pueden leer párrafos como el siguiente:

La actividad de sus labores que comprende desde el mantenimiento del hogar en estado de uso, hasta actividades administradoras del peculio familiar, por trabajos profesionales de cocina, costura, plancha, limpieza, etc., se considera como actividad "dependiente" y solamente importante en relación al activo cabeza de familia por cuanto asegura la reproducción de su fuerza de trabajo como complementaria de la actividad propiamente reproductora que la mujer realiza en la cama conyugal. Todas estas actividades no son retribuidas de forma independiente como trabajo socialmente necesario, sino simplemente incluidas en el salario del activo cabeza de familia como "costo de su reproducción social".
Baile de domingo en una explanada, donde ahora está el frontón. Los fotografiados posan a la moda de la época, y como era costumbre, las mujeres bailaban entre ellas, como pareja, hasta que algún hombre, soltero, las sacaba a bailar. En la fotografía, a la izquierda, dos mujeres bailan juntas un agarrao, y a la derecha, una pareja de hombre-mujer.
Es importante añadir, ahora, después de tantos años; tantos que ya es otra generación la que ocupa las aulas universitarias, cómo las tareas de las "sus labores" se han convertido en empresas regentadas por empresarios o empresarias. Ahora, convertidas en empresas, sí se consideran "trabajo" y sí se paga por ello, en dinero. Se han desvinculado del género. Ya no son tareas propias del género femenino asuntos como: cuidar ancianos, cuidar niños, cuidar enfermos, cocinar, hacer la compra, y todas aquellas tareas exclusivas de las mujeres y tan mal vistas si las llevaba a cabo un hombre. Él también se exponía a vergüenza pública si en público lavaba la ropa, cuidaba niños o si se le hubiera ocurrido cocinar, por ejemplo. Vergüenza que  alcanzaba a la mujer "de la casa".

Ayudar al marido.
El trabajo  sobre nuestras madres y de nuestras abuelas que he realizado en pueblos de la sierra de Madrid, arroja datos reales y reciente. Las mujeres, cual seres invisibles, producían y reproducían la comunidad. Tenían hijos, trabajaban y no eran conceptuadas como parte integrante del proceso de trabajo ni del proceso de producción.
A la pregunta por los trabajos de las mujeres de generaciones inmediatamente anteriores a la nuestra se responde rápido:  Ayudar al marido.
Después lo explican más despacio y con todo el detalle posible. La señora que  habla a continuación lo recuerda como si lo estuviera viendo en ese momento. Dice: Yo no lo he hecho, pero mi madre sí. Lo ha hecho y yo le he visto en mi casa. 

Fotografía entrañable que muestra a una familia en un momento cualquiera de un día cualquiera. Se repitió la escena muchas veces, aunque sólo esta quedara fijada para la historia. La madre viene de vender leche, la hija y el marido la esperan, juntos se hicieron esta foto que merece la pena conservar y mostrar.
"Ayudaban al marido, en el campo y con el ganado y con todo sí, sí. Por ejemplo si había que bajar a la huerta, pues a regar... o a coger los tomates o cosas de esas, bajaban también a la era cuando había que ir, porque aquí la mies se traía a la era, en carros con mulas o con bueyes o vacas, cada uno con lo que tenía, entonces el hombre se subía al carro, y la mujer (a falta de otros varones en la casa) con una horquilla pinchaba los haces de la mies, lo subía, el marido lo cogía y lo iba colocando en el carro y lo traían a la era. Y, luego, a desatar haces, a quitar las cuerdas, para extenderlo para luego trillar, se sentaban en la trilla.
De modo similar, ocurría con el ganado:  Si había que ir a ordeñar las vacas la mujer ordeñaba igual que los hombres. O a echarlas de comer y todo esto, si el marido por ejemplo tenía que ir a hacer otra historia, pues la mujer bajaba a echar de comer al ganado."
Grupo de hombres en plena faena de mantenimiento o restauración, que se dice ahora. Como se puede observar, están vestidos de domingo; o sea que la fotografía está tomada en un día de campo festivo. Pero sus posturas, modos y maneras son las habituales de los días de diario. Trabajar en el campo, era comer en el campo también.

A pesar de todo, estas tareas no se consideraban "trabajo". Como dicen estas mujeres, se consideraba que "ayudaban al marido". Y, si había otros hombres en la casa, ella seguía ayudando también. Tal vez menos en el campo, pero más en la casa, pues tenía que ocuparse de atender a más hombres. Un trabajo que no hacían las mujeres ni los hombres tampoco, era esquilar. Para el esquileo venían esquiladores profesionales de fuera. Se hacía por junio más o menos, y, después de esquilar se hacía una comida. Comida, como en otras ocasiones, a modo de recompensa  y celebración por el trabajo bien hecho. De nuevo encontramos fiesta y trabajo unidos. La fiesta después de cosecha, después del esquileo, después del duro trabajo.


Aparte de lo dicho, las mujeres tenían tareas ineludibles que iban tan unidas a su condición de mujer que, nadie ponía en duda que eso son cosas de mujeres y pobre del hombre que manifestara en público hacer o saber hacer cualquiera de ellas.
"La casa,  porque los hombres en la casa si que no hacían absolutamente nada, ¡nada¡. No es como ahora, que los hombres ayudan en la casa unos más que otros, pero suelen ayudar ¿no? porque claro la mujer también está trabajando, que antes trabajaban más que ahora, pero bueno, distinto. Salen a trabajar fuera de casa, y entonces comparten también las cosas dentro de casa, pero antes los hombres nada, eran las mujeres todo".
Y "la casa" consistía en el aseo de personas y habitaciones. Lavar ropa, cocinar, atender a los niños. Preparar y llevar el desayuno a los hombres que estaban en el campo, atender enfermos si los había. Coser, cuidar animales de corral.   

Día de matanza. Las mujeres de la casa posan, agachadas y sin quitarse el mandil,  junto a los hombres e invitados a la fiesta-trabajo, pues de ambos tenía mucho esta faena de matar el cerdo.


 Organizar la despensa con previsión para todo el ciclo anual.  La matanza siempre se hacía y parte de la matanza se guardaba siempre para la siega. Es decir, se guardaba para todo el año. La siega, los cocidos de comidas cotidianas, los torreznos,etc. Y lo mismo ocurría con el pan, los bollos, dulces y otros alimentos. Debía preparar todos los componentes que necesita el plato, antes de cocinarlo; y cada uno en función de la época del año, diferenciados según se tratase de una comida corriente, de diario, o de una comida para celebrar algún acontecimiento especial.
Niños y niñas con los abuelos en un día de fiesta. Había baile y fotógrafo, que no era fácil tener alguno cerca cuando se quería, había que viajar a la capital o al pueblo comarcal más grande para encontrar alguno o aprovechar cuando venía algún fotógrafo ambulante.

Esta fotografía fue tomada en un día de fiesta en los años treinta. La inolvidable guerra civil de 1936-1939 no tardó muchos años en estallar. Cuando estalló la guerra... cuando ocurrió aquel triste y doloroso acontecimiento, tanto que no hay entrevista en la que no se cite por una u otra razón, estos niños, alguno de estos niños de la fotografía fueron soldados. Las niñas, que no eran soldados, no se libraban de la guerra. No iban al frente, quizás, pero la guerra lo inundaba todo; para los ancianos, los niños y las mujeres, la guerra civil irrumpió en sus vidas. Murieron muchos y muchas. Otros vivieron y viven con el dolor incrustado en sus mentes, tan adentro que surge de manera espontánea. Refugios, trenes con heridos, aviones, voces de radio escuchadas a hurtadillas, partes de guerra, y, sobre todo el hambre. Y lo subrayo porque debió de pasarse mucha necesidad de comer y de más cosas. Esta situación desde luego no fue exclusiva de la sierra norte de Madrid, como tampoco lo fueron las sus labores, pero hablar de entonces, de los tiempos de antes, de la historia reciente, no se habla si no sale La Guerra (España 1936-1939). Desde entonces el mundo ha cambiado. Es la referencia básica. Después se puntualiza más: los años sesenta. Pero la generación anterior a la nuestra, los hombres y las mujeres que la sufrieron, no pueden olvidar algo tan terrible.
Han cambiado nuestros pueblos a la par que ha cambiado el modo de vida.. Se han convertido, en gran parte y, especialmente estos pueblos serranos, en el lugar elegido para edificar segundas residencias tanto los antiguos vecinos, como otros nuevos que así lo deciden, por gusto.
Se han restaurado y rehabilitado viejos edificios, vetustas  iglesias. Un  ejemplo, en la fotografía: Es el altar que estaba desde siempre. Se utilizó durante muchos años, ahora la iglesia, restaurada,  celebra sus oficios y ritos católicos del modo habitual, pero en un recinto renovado.

Altar antiguo de piedra sustituído por otro reciente y más moderno. Este se mantiene, pegado al suelo como se aprecia en la fotografía, a la puerta de la iglesia.




Ahora, en el año 2010 se refieren aquellos tiempos como mejores  o peores según quien los valore. Pero, eso sí, ahora las mujeres que he visto en recientes viajes o en fotos muy recientes también, visten abrigos de pieles, llevan peinados de peluquería con tintes de pelo en variados colores; en sus casas tienen calefacción, no trabajan  del modo que lo hicieron sus madres y sus abuelas y las abuelas de sus abuelas. El trabajo que realiza fuera de casa cualquiera de ellas, se considera trabajo; y, aquellas que sólo se ocupan de la casa se les llama, de modo oficial, amas de casa  y en su carné de identidad ya no figuran como sus labores. No cabe duda de que los tiempos han cambiado y las gentes de la sierra norte de Madrid -a quienes he tomado como ejemplo en este artículo-, son un buen exponente de las transformaciones socioculturales experimentadas desde mediados del siglo XX, y derivadas, no cabe duda, del proceso de modernización iniciado con la revolución industrial. Pero éste es otro tema, y lo dejo para otro día.

Para terminar, sólo deseo dar las gracias desde aquí a las personas de la sierra norte de Madrid con las que he hablado, por su amabilidad y el buen trato recibido de ellas.
De modo especial, a M. Pérez Pérez y a su madre, Angelines -mujer de noventa y cuatro años que ha trabajado duro toda su vida-. Ahora, en el año 2010, su hija cuida de ella con esmero y con mucho cariño. Y eso se nota en lo agradable que resulta el trato con ellas. 
Gracias a las dos.





Madrid, 30 de agosto de 2010.