Cosas de mí

sábado, 21 de enero de 2017

Redueña: Ayer Y Hoy


Hablar de la vejez en Redueña es, prácticamente, repetir y afirmar lo que en otras localidades castellanas campesinas y serranas ocurría. Las variaciones son pocas en cantidad y en calidad.
En Redueña los ancianos vivían en sus casas mientras estaban bien, mientras se valían pos sí mismos. Después pasaban a depender de los hijos. Los hijos cuidaban de los padres ancianos. Se iban a meses. Un mes con uno, otro con otro... Así.

Era lo habitual. Lo que se esperaba socialmente de los hijos: que cuidaran a sus padres cuando estos llegaban  a viejos. Las Residencias de Ancianos no existían. Se conocían desde siglos anteriores los llamados asilos, pero nunca han gozado de buena fama entre la población. Estaban, según el sentir popular, destinados para personas solas, pobres, desheredadas... y no eran bien tratadas allí.  Corría la fama de humillación, abandono, falta de cariño y de familia... unido a un sentimiento de abandono y de tristeza por parte de los ancianos que se veían en la obligación de ir a un asilo.

La vida de las gentes de Redueña transcurría en el campo. Las faenas agrícolas y ganaderas ocupaban sus vidas. Pastores de vacas y de ovejas. Campesinos que han labrado sus tierras y sacado de ellas el pan de cada día. Los hombres en unas tareas y las mujeres en otras. Nadie estaba ocioso.  El sustento diario de las familias dependía del trabajo diario de todos. En Redueña además de los animales y del campo se trabajó la piedra. De sus canteras salieron piedras para obras famosas, como la fuente de Cibeles en Madrid.

La zona es tierra de viñedos desde muy antiguo, estaban tan arraigados y eran tan prósperos en otras épocas que su Patrona es la Virgen de las Viñas. Tuvo por aquel entonces la Virgen su propia ermita, en el recinto que forma parte del cementerio actual. En otros tiempos estuvieron ubicados en el interior de la ermita de la Vírgen de las Viñas. Estos últimos hoy día no existen: eso se ha vaciado todo. Ahí ya no queda nada. Las lápidas antes, las hacía el del pueblo. Ahora, a ver quién puede más, a ver quién puede más... Se encargan fuera. Las empresas se preocupan de dejar su firma en la tumba, al estilo moderno: una placa de metal con su nombre, dirección, teléfono y/o e-mail cuando se tiene. La iglesia conserva algunos de los enterramientos más antiguos junto al altar.  

Interior de la iglesia de Redueña.

La persona fallecía en la casa familiar. Si moría fuera de la casa, o enfermaba de gravedad, se acostumbraba y aún hay quien lo hace, a ir a morir a casa. Se ha dado el caso de llegar del hospital, desde Madrid y fallecer el enfermo transcurridas pocas horas. En el momento de la muerte  no hay ni había nadie que se ocupase profesionalmente de amortajar al difunto. Es una tarea que suelen hacerla las mujeres de la familia. Esposas, hijas, nueras... y ayudan las vecinas u otras mujeres de la familia.
La tarea de amortajar, por lo general  realizada por mujeres- aparte del valor y fortaleza emocional que se le supone a las familiares más próximas a la persona fallecida -debe soportar su dolor, el desfallecimiento físico y moral...- requiere ayuda material y práctica por ser una labor difícil de realizar una mujer sola. Pero, a pesar de la dificultad, se ha dado el caso alguna vez; como me cuenta una mujer que contó con poca ayuda el día que falleció su padre: sólo para levantarle de la cama y ponerle la camisa, porque sola no podía. Pero lo demás, yo sola. 

Al difunto se le lavaba y se le vestía con sus mejores ropas. El cadáver se velaba toda la noche en la casa. Era habitual que la gente del pueblo, conocidos o familiares, pasaran a dar el pésame, hombres y mujeres.  Se rezaba y se cotilleaba también, según lo cerca o lo lejos que te tocara -parentesco-. Al día siguiente, se llevaba a hombros el féretro a la iglesia. Se decía una misa de funeral y de ahí se le llevaba a enterrar al cementerio. Era costumbre muy extendida por la geografía castellana que las mujeres del pueblo no fueran al cementerio. Se quedaban en la casa del difunto acompañando a las familiares del fallecido o de la fallecida. Al cementerio iban sólo los hombres, fuesen parientes o no. Lo habitual es que a un sepelio acudiese casi todo el pueblo. Pues casi toda la población estaba emparentada o eran vecinos, o amigos.
Las relaciones sociales de índole diversa cruzan y recruzan los vínculos parentales muy a menudo en las zonas rurales. Casi todos, pues,  formaban la comitiva  masculina que acompañaba el cadáver hasta el cementerio para darle sepultura. Las mujeres, la mayoría de las vecinas del pueblo también,  iban a la iglesia, a la misa de difuntos antes del entierro, pero al cementerio no. Después se hacía un novenario, los nueve siguientes días al enterramiento se acudía a casa del difunto a rezar el rosario. El noveno día se decía una misa y se daba por finalizado el tiempo que debía irse al rosario familiar: Claro que, unas rezaban y otras no... Iban a charlar, a eso es a lo que iban... 

Los hombres no llevaban ningún distintivo exterior del luto. Vestían del mismo modo que lo hacían antes y después del período de duelo. Agún detalle en la manga de la chaqueta, como una cinta o algún botón negro...  pero apenas el día del entierro. Tampoco se alteraba su modo de vida, excepto que ellos, personalmente, lo quisieran. Las mujeres debían vestir de negro de pies a cabeza. No recuerdan actualmente que ninguna llevase velo o pañuelo en la cabeza durante el luto, pero sí recuerdan que llevaban medias negras incluso en verano; no obstante cabe suponer que muchos años atrás sí llevaran velo durante el duelo, como en el resto de Castilla. Por entonces las ancianas vestían todas de negro, la excepción era la que no vestía así. Muchas de ellas eran viudas y puede decirse que rara vez volvían a acicalarse ni a vestirse de color. Además, el luto se guardaba por los padres, hermanos, primos, tíos... Más o menos tiempo, claro está, según el grado de parentesco, pero no falta quien relata casos de mujeres que desde jóvenes apenas se quitaron el  luto; pues le venía uno detrás de otro. El luto no sólo afectaba a la indumentaria, implicaba también no salir de casa, no ir a fiestas, hacer duelo era privarse de reír, sobre todo en público,  por mucho tiempo.

Tomando como punto de partida la ermita de la Virgen de las Viñas,  se formó el cementerio tal y como existe ahora. El actual se ha ampliado en fechas muy recientes. En una de las antiguas paredes que  cierran el camposanto se ha abierto un vano que comunica ambas partes, carece de puerta y da acceso a lo nuevo, la parte que se ha hecho ahora.  La  zona en la que mayoritariamente se pueden observar sepulturas con flamantes lápidas, todas construidas en granito gris. También se pueden ver las últimas fosas excavadas, cubiertas con unas tablas para evitar accidentes. Se han construido nichos modernos en hileras verticales y el resto del terreno se mantiene acotado  por la nueva valla. La zona nueva dispone de un nuevo acceso también desde la calle, amplia y nueva puerta con tejadillo, similar a las que se están construyendo en municipios cercanos.  De modo que  es fácil distinguirlas. Ambas zonas, antigua y moderna, se diferencian a simple vista. Su arquitectura es un buen exponente de las épocas en que están edificadas. La antigua piedra de los muros ha dado paso al ladrillo. Los restos mortales,  lo que había,  se han depositado en nuevas tumbas familiares o en una fosa común situada en el fondo del cementerio antiguo:  Los restos de los fallecidos que por una u otra razón nadie se ha hecho cargo de ellos, que no tenían familia , o que ya no vivan aquí o por lo que sea... esos están ahí, en la fosa común.
Fosa común. Redueña

No se  identifican con tanta facilidad los difuntos antiguos de los  actuales.  Podríamos pensar que basta con mirar las fechas de los enterramientos, pero ocurre que, si sólo nos fijamos en ese detalle,  da la impresión de que en Redueña  no se hubiera muerto nadie en muchos años.  Sin embargo no es así. Ocurre, sin más, que  antiguos muertos han cambiado de habitáculo: Antes se enterraba en el suelo de la ermita. Ahora ya no se entierra en ese  espacio, sino en la tierra de afuera. La ermita se ha cerrado. La Virgen ha sido trasladada a la iglesia del pueblo donde ocupa un lugar de honor, y las  tumbas del suelo de la ermita se han vaciado.

Las lápidas fuera de uso se conservan pegadas unas,  apoyadas otras,  en las paredes del cementerio, como se puede ver en las fotografías. Algunas de ellas proceden de las fosas que estaban cavadas en el interior de la ermita y otras de fosas  ubicadas fuera de la capilla que  se han renovado.  Los restos mortales  sepultados en  la zona exterior no se han movido de lugar ni se han alterado las tumbas; sólo se han cambiado las antiguas lápidas y/o cruces  por otras más modernas de granito, casi en su totalidad de camposanto y los modelos de las lápidas.  Los cementerios en la actualidad comienzan a tener, de modo generalizado,  una apariencia gris, gris del granito más o menos oscuro, más o menos decorado, pero dentro de unos límites fijados por la moda y la industria actuales. Están repletos  de tumbas fabricadas por empresas especializadas que abarcan una zona geográfica más amplia y sirven a clientes de pueblos diferentes. Este cementerio, como muchos otros, va adaptándose a los nuevos tiempos, también la eterna morada de los muertos se ha visto afectada por las modas más recientes, por los nuevos usos y por las nuevas costumbres. Sólo algo no ha cambiado desde que el mundo es mundo: Nacemos, vivimos y morimos.  Pero ya no nacemos en las casas, sino en los hospitales; y ya no morimos en las casas, sino en los hospitales, al menos la gran mayoría de la población. Ya no vivimos como vivieron nuestros abuelos











Madrid, 30 de agosto de 2010 

Este artículo se lo dedico a Angelines Pérez.  Natural y residente de Redueña,  al día de hoy - año 2010- cercana a la fecha de su noventa y cinco cumpleaños, la conozo.  Ella es una testigo sin igual de lo que  que significó ser mujer en el siglo XX, su biografía podría muy bien tomarse como modelo de la vida y de la obra continua de las mujeres de la sierra de Madrid en esa centuria.