Cosas de mí

martes, 7 de marzo de 2017

Los fantasmas de Luisa



El claustro perpetuaba el antiguo corredor del colegio. Los pasos de Luisa resonaban en ese espacio amplio y vacío, hasta donde llegaban los olores mezclados de las plantas y de los árboles del jardín.  
 Andaba despacio, con indolencia; miraba  a todas partes; absorbía la esencia del aire, se embobaba con el recuerdo.
 Por unos instantes le pareció ver una sombra. Sintió entonces una punzada en el pecho, a la que siguió un dolor agudo, intermitente, en un costado. Llevó sus manos al lugar del dolor, respiró hondo. Poco a poco recuperó su ánimo. 
 La puerta del final de la sala por donde ahora circulaba, la que conducía a Siberia -única habitación del colegio en la que no había calefacción-, dejó pasar el aire como si de una exhalación se tratase. Luisa percibió un extraño olor, un olor raro que no podía identificar. Extrañada, siguió adelante. Quería volver a Siberia, deseaba sentarse -si aún seguía allí- el sillón de aquel despacho pequeño y casi siempre desocupado, donde la Madre Prefecta les convocaba de una en una, para hablar con cada niña, a solas, a modo de confesión no sagrada, pero de alto nivel.
 Encaminó sus pasos con cuidado, agudizando sus cinco sentidos y otros cinco más que tuviera. Pretendía olvidar el pasado y concentrarse en el presente. El antes y el ahora se mezclaban, presentía en su carne un ambiente  vacío, sentía que el aire pesaba demasiado, demasiado denso. Vio con la misma claridad que veía sus  propias manos, o  la puerta del fondo del pasillo, o el pasillo mismo,  una sombra similar a una nube negra. La nube se deshacía y tomaba la forma de un bulto negro, después ese volumen amorfo se perfiló, poco a poco, hasta adquirir la imagen de cuerpo humano. Luisa, asustada, intentó hablar: balbuceó apenas unas sílabas. Esa larga nariz, esos huesudos pómulos... la forma de moverse, la compostura adoptada cuando parecía sentarse enfrente de ella,  su modo de girar la cabeza... De repente, dio un brinco, un salto hacia atrás; gritó: ¡Madre Remedios! ¡Madre prefecta!.. ¿Qué es esto? ¿Pero qué  me está pasando?
 Inmovilizada por el pánico, como una autómata, comenzó a repetir movimientos habituales en  tiempos de alumna, cuando la Madre Mercedes les pasaba revista: la falda, los zapatos... Bajó sus brazos y con las manos comenzó a estirarse la falda, repasó la postura de su blusa, se colocó las medias, retocó los puños de su chaqueta, se atusó el pelo, se puso derecha y  miró a la Reverenda Madre, del mismo modo que lo hacía a diario cuando era una adolescente.
 La figura negra dio media vuelta, emprendió el camino hasta la puerta de roble oscuro que separaba la parte pública de la parte privada del colegio. Una elegante puerta de roble oscuro sobre la que colgaba un cartel blanco, decorado con filinagrana negra, en el que se leía: Clausura.
La antigua alumna se detuvo sin apartar los ojos del vacío negro que se abría frente a ella.  Gritó: ¡Madre! ¡Madre! ¡Madre prefecta! ¿Dónde va? ¿Dónde va? ¿Qué hace aqui? ... Madre...
Los velos negros ondeaban en el aire, la figura avanzaba; cruzó el umbral hacia el otro lado. Luisa alargó un brazo, quería tocarla, recibir  respuestas, oír su voz... 
Se hizo el silencio. Un escalofrío recorrió su espalda.  Luisa se abrazó a sí misma como protegiéndose de un peligro que no alcanzaba a ver. Volvió,  asustada, al corredor del Hotel...