El matrimonio Arnolfini: La imagen deseada.




El cuadro de Van Eyck titulado El matrimonio Arnolfini  y fechado en 1434, representa a una pareja dentro de una habitación burguesa. La postura de sus cuerpos revela que ambos, el hombre y la mujer, interactúan. Hacen algo.Dicen unos que contraen matrimonio, dicen otros que sólo lo simulan. 
En cualquier caso, ella es honrada, aparece junto a su esposo. Y en ello estriba el comprobante público de su virtud. Puede ser madre y mater.  El esposo, Giovanni, será el padre y el  pater.  
Un embarazo sólo es vergonzoso y se insiste en ocultarlo en las sociedades como ésta,  cuando la mujer no ha pasado de soltera a casada.
Ella ciñe las ropas debajo del pecho debido a su estado de gravidez, pero también debido a las modas imperantes en la época. 
El simbolismo del cuadro se hace patente en su totalidad a medida que observamos cada figura, su ubicación y la relación de una pieza junto a la siguiente.  Podría decirse que tanto los objetos, como el color o la luz de la obra configuran un universo simbólico en medio del que habita el matrimonio. El conjunto no puede ser más hermoso ni más atractivo. Intrigante. Esconde un secreto que incita al estudioso a averiguar qué nos está diciendo el autor.
Su función principal es adscribir los hijos nacidos de la pareja al linaje que solamente esté establecido: patrilineal o matrilineal. En nuestro caso son válidos los dos: somos parientes por nacimiento de la parentela de nuestra madre y de la parentela de nuestro padre. En otras cultura no es así: matrilineal, o patrilineal. Nada más: o se es pariente de una linea, o se es pariente de la otra. Pero siempre será el único modo de legitimación de los hijos. Sólo los hijos así nacidos serán legítimos. Y sólo esos serán los hijos del hombre que los ha reconocido como tales. 
Cuando el hombre entrega a una mujer las llaves de su casa -por ejemplo, puede ser cualquier otro acto ritual que implique entrega de sus bienes-  le entrega, simbólicamente,  su hacienda. Hace de ella la gestora de sus bienes, de forma subjetiva y objetivamente plausible. De este modo, a través de la entrega de las llaves, pone en sus manos algo más que el amor y la pasión de la que se dice se hablan los  futuros esposos. La economía doméstica, la honra familiar, la integración social el bienestar del grupo queda en sus manos, pero bajo la tutela del marido puesto que se trata d euna soicedad patriacal y él es el que otorga y dispone, en última instancia, la acruación del grupo. El que controla y vigila el funcionamiento social, económico y moral de la familia.
Así, en este cuadro, el autor nos dice que los Arnolfini son ricos, matrimonio sg¡agrado, su descendencia será legítima, su vida está hecha, construida, destro dle orden social establecido. Son cristianos, poseen el poder que da el dinero, la juventud, la buena fama, el comportamiento similar al de los nobles aunque ellos carezcan de títulos nobiliarios. Nada importa que tal ocurriera o no. Sino que que esa imagen de sí mismo es la que el cliente, Arnolfini, quiere dejar a la posteridad.




Entradas populares de este blog

La mujer como símbolo

Andrés Rueda: Estambul