El matrimonio Arnolfini: Una historia contada con pinceles.


Las imágenes que hablan, lo que las imágenes nos dicen y lo que unos y otros decimos de ellas puede tomarse como un tema importante para investigar, o al menos para pensar y mantener una buena conversación. Con este asunto pasamos ayer una grata velada mis más próximos amigos y yo.
Los medios de comunicación actuales, entre ellos las redes sociales, son una muestra de la profusión de opiniones que vertemos a lo largo del día sobre temas varios. Uno de estos, que circula por internet y se consulta también en las bibliotecas y publicaciones en papel, es el cuadro de Van Eyck: El matrimonio Arnolfini. Merece la pena su estudio, como tantos otros, no sólo para aprender sobre pintura y épocas de la Historia, sino también de otras materias que el espectador y el estudioso captarán rápido.
En la velada de anoche salieron aspectos que enlazaban la pintura de Van Eyck con los comerciantes mallorquines, los viajeros, los puertos de tráfico de mercancías por mar y por tierra; los judíos y sus oficios, los cristianos y los suyos, la mujer y los hijos y el pater en los patriarcados... En realidad, de todo eso y más se puede hablar al mirar ese cuadro.

El centro del mundo posee la virtud de servir de puerta a cielos e infiernos. Las creaciones de cuantos mundos han sido y serán utilizados por la humanidad poseen un "centro" a partir del que fueron creados. Allí, en ese punto estratégico los dioses en illo tempore dieron origen al Hombre, y a cuánto existe sobre sobre la Tierra.
Nuestro mundo, nos enseñaron, que lo creó Dios en siete días. Y nos contaron que creó al hombre primero, del barro de la tierra. Luego creó a la mujer a partir de una costilla de éste. Y así Dios creó la primera pareja de humanos, según se explica en este mito de la Creación. Y la Creación tuvo lugar en un Paraíso. En el Jardín del Edén. Y allí vivían todos los seres de la Creación. Y allí vivieron nuestros Primeros Padres hasta que pecaron. Dios envió a un ángel con una espada de fuego y los expulsó del Paraíso Terrenal. Y ellos sintieron vergüenza de su desnudez y debieron trabajar para vivir, él, Adán; y ella, Eva, fue condenada a "parir hijos con dolor". Y desde esos tiempos primordiales hasta hoy se sigue narrando ese mito, con altibajos a lo largo de la Historia y con algún que otro que no se lo cree. Pero estos detalles no estorban la función del mito para crear realidad, para explicar el mundo y para reactualizarlo cada vez que se realiza un acto de creación humana: como, por ejemplo, crear un linaje.

 El linaje patriarcal
La filiación de las personas está  condicionada por la cultura. Se establece a través de vínculos artificiales originados en una institución social: el matrimonio. En las sociedades patriarcales, el poder está en manos de los hombres.
Decir que la mujer es titular de alguna clase de poder es casi irrisorio. El hombre  puede incluso apropiarse de los hijos de una mujer.
Ahora no voy a entrar en más detalles. Pero a este asunto se debe la gran importancia que dichas sociedades se da a la virginidad femenina desde que la niña nace hasta que contrae matrimonio.
Este hecho, este imperativo cultural, se expresa en normas sociales, en roles de género, en costumbres sociales, en la indumentaria: de días de fiesta y de días de diario; y me atrevo a decir que no existe actividad en estas sociedades que no se encuentre en su más recóndito significado tal sentido.
En un momento en el que algunos antropólogos y otros estudiosos han vuelto la mirada al folklore, quiero destacar la importancia de la indumetaria tradicional en este asunto que tratamos; por ejemplo, el famoso sombrero de las mujeres de Montehermoso, las llaves que cuelgan del clauer o de la sortija de borronat ibicencas, y tantos otros ejemplos que podríamos mostrar.Pero a mi me interesa más analizar el cuadro con el que comencé esta entrada: El matrimonio Arnolfini, del pintor flamenco Van Eyck, al que dedicaré las entradas siguientes.


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