Cuando éramos jóvenes

El diván japonés (fragmento). Toulouse Lautrec

Unos años despuésd de que Alfonso Guerra anunciara, el cambio que se avecinaba, cuando dijo:  "En España vamos a dar un cambio que no la va a conocer ni su madre" -cito de memoria-. No recuerdo si dijo: "su puta madre", "la madre que la parió, o sólo "su madre"- Alguien que por entonces frisaba los ochenta años, nacido casi con el siglo XX y criado más en las ideas y formas de vida del siglo XIX que en las del XX, me comentó con cierta sorpresa la barbaridad del Guerra. Al comentarista le parecía bien que España cambiara, pero no la forma de hablar del político socialista. No, no le parecía correcta. 
Educado en otros principios culturales y en otras formas del habla, pensaba el casi octogenario que un hombre "con carrera", "de estudios", y en ese momento elegido para dirigir esta España que tanto amamos, no podía pensar ni hablar tan mal. Hasta él, que ni había ido a la Universidad, se expresaba mejor. Observó que vestía con chaqueta de pana, y sus amigos, por lo general, también.
Poco a poco el traje de vistas de los políticos en el poder fue cambiando como cambiaba España, y se cumplieron las palabras de Guerra: al cabo de unos años a España ya no la conocía nadie; o no la reconocía en la cotidianidad.
En los años noventa, el mismo observador y comentarista decía: ¡cómo han cambiado estos de chaqueta! Y lo decía con sorna, porque no sólo cambiaron la pana por  el merino, el cashmere o la  angora -por poner un ejemplo-, sino que hasta cambiaron las expectativas y los modos de acción del día a día. Y todo lo que antes era fuertemente censurado como pernicioso: -la publicidad, por citar otro ejemplo- pasó a ser parte fundamental de la nueva ideología legitimadora de la España, que como ya anunciara el vicepresidente del gobierno de entonces, no la conocía nadie, o casi nadie. 
España, media España, quería cambiar. Pero no del modo que cambió, cambio del que sólo unos pocos salieron airosos; porque, para quien no lo sepa o lo haya olvidado, quiero resaltar que los "felices años ochenta", fueron felices sólo para unos pocos. El paro -otro ejemplo- aumentó unido a desprestigio y humillación del parado -diferente al trato social recibido por el parado de antes del cambio y del parado de después, el del siglo XXI-; que antes del "cambio" un sólo obrero en el paro o despedido era motivo para que los interesados en tal cambio secundaran y/o montaran una gran huelga. El  "después" inútil es contarlo de tan conocido, ni más ni menos que nuestro día a día. La actualidad.


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