Entre la ficción y la realidad

La Celestina de Rojas, la Trotaconventos del Arciprestre de Hita, la Lábori de Hornachos o la Maratona de Segovia, por citar algunas hechiceras famosas, apenas existe mayor diferencia entre
ellas que el pertenecer unas al orbe de la ficción y las otras al orbe de la realidad viva. 
Los archivos inquisitoriales guardan información de alto valor sobre la vida y obra de mujeres que fueron acusadas ante el Santo Oficio por sus artes mágicas indecentes. Ellas, dignas sucesoras de Circe o de Medea, amparadas por diosas infernales, son grandes entendidas en amores prohibidos. Ellas responden al papel estereotipado de vieja bruja; pero, sobre todo, encajan en el arquetipo que representa Celestina -la de Fernando de Rojas-. 
Basta con leer un poquito a don Julio Caro Baroja para ver los nombres de la Manjirona de Carpio, la Perexila de Ávila, la Lábori de Hornachos, la Urraca de Ocaña y otras que la inquisición apresó.
Tienen en común responder al mismo modelo de "vieja artera, maga sortílega y aún un poco hechicera".
Ambiente marginal  dentro de un  burgués es el telón de fondo de la vida de estas mujeres, viejas, arteras, usureras, borrachas, de mala vida, desgraciadas, proscritas.
En España ciudades como Salamanca, Segovia, Sevilla, Toledo o Valencia se han barajado en el intento de buscar la urbe que sirvió de modelo a Fernando de Rojas cuando escribió la Tragicomedia de Calixto y Melibea. Pero ninguna responde en su totalidad y todas tienen algo que hace dudar de si  lo fueron o no. Tal vez sean modelo todas y ninguna sea la retratada; sino que de todas hizo una. Y con eso basta para enteder en toda su complijidad la magistral obra que nos dejó.


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