Estampas románticas

José García Ramos. Cortejo español

Cuando los viajeros románticos exaltaron las costumbres españolas como algo insólito, fabricaron un mundo distanciado de la realidad social que España vivía por entonces. Divulgaron estampas variopintas y pintorescas que dieron al mundo la imagen de la España de pandereta que ha perdurado hasta el momento. Fue por entonces el tiempo en el que la idea de Andalucía fraguó unida a las castañuelas y al vestido de volantes. El arte flamenco, el arte gitano, el arte andaluz se identificaron con lo "popular"; y esta idea de "pueblo" atrajo o hechizó a gentes de dentro y de fuera de sus fronteras.  Plazas de toros, toreros, gitanos y gitanas, bailaoras de flamenco, bandoleros que parecían más hombres santos que hombres huidos de la Justicia; o el señorito andaluz, como prototipo de valiente, la moza agitanada virtuosa y descarada a la vez, el torero "echao palante". Personajes recortados de un ambiente que escondía miseria, ocultismo mágico y religioso de tradición antigua, miedos atávicos y mucha hambre entre los pobres, que eran gran parte de la población, según nos han contado: una muestra clara de esto es lo arraigada que está la idea de "comer" en la literatura y en el refranero.
De aquella España se sacaron tipos del pueblo y con ellos se montó un escenario típico; tanto que incluso el vestido de la andaluza, el ahora conocido como típico, lo llamamos, indistintamente, vestido de gitana, vestido de flamenca, vestido de sevillana, vestido de andaluza o vestido de española fuera de nuestras fronteras.

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