Los Arnolfini en el punto de mira

Adán y eva. El Bosco.
Así como el mundo salió del caos y la vida surgió de la palabra de Dios, y todo ocurrió en un lugar de donde se extendió y llenó de formas el espacio vacío, un artista, uno cualquiera, es capaz de emular la obra divina cuando crea su obra, su pequeña gran obra de arte.
Y la Creación se repite por el hombre cada vez que crea su pequeño mundo, cada vez que habita un lugar, cada vez que empieza una vida nueva. El hombre, tan impotente, emula la obra de los dioses. Emula la Creación, sintiéndose creador él mismo. 
A la vez, cuando el hombre impotente y limitado, desea crear, imita el acto de la Creación. Y así, con ese acto como modelo, siente que su vida es más verdad, más real, más sagrada. 
Cuando van Eyck retrata a los Arnolfini monta un escenario que imita a los actos creadores. Renueva el acto sagrado de la Creación tal y como se conoce en su época. 
Cuando miro ese cuadro veo a un hombre joven, un patriarca que comienza y desea fijar el acto primigenio para siempre. Un hombre de negocios que se enriquece y emula a los nobles en sus comportamientos. Un joven que toma estado, que contrae matrimonio con la mujer que ha elegido como madre de sus hijos. El matrimonio es sagrado; la creación de un linaje también. 
Giovanni Arnolfini crea en ese instante el linaje que desea y lo hace en el centro del mundo.
La pareja se sitúa en el centro del espacio. Los objetos que rodean a los esposos lo dicen muy claro, no sólo por su significado simbólico sino por su disposición en el conjunto de la obra. 
Arriba, en el marco del espejo, observamos escenas de la vida de Cristo -Dios-. La escena más alta representa a Cristo en la Cruz, sobre lo más alto del monte. Lo más cercano, lo más próximo al cielo. 
El árbol de la Cruz, el árbol de la vida. 
Cristo, Dios, Redentor. 
En lo más bajo sitúa los pies descalzos de los esposos. Los pies sobre el suelo, sobre la tierra. Ellos, con las manos unidas de forma que el hombre mantiene y muestra a la mujer como suya. Ella sumisa, asiente y muestra su participación excelsa en la creación del linaje de su esposo. 
A ambos lados se sitúan imágenes infernales, sugerentes de mundos subterráneos y de otras celestiales y bienaventuradas.
Podemos ver el cuadro como un mundo en pequeño. Un microcosmos donde se relata la creación de la vida que ahí comienza.
Arriba las regiones celestiales.
Abajo las regiones infernales.
En el medio la zona de la vida terrenal. 
Van Eyck en la obra expuesta narra la idea, quizás impuesta por el cliente, de la creación de un linaje que empieza con la pareja retratada y cuya cabeza es Giovanni Arnolfini.
Recordemos que, además, en el sacramento del matrimonio los ministros son los contrayentes; no es precisa la presencia de un sacerdote; el sacerdote es un testigo. Recordemos también que la escena representada, aparentemente in situ,corresponde más a un montaje que, cual narración dibujada y no escrita, nos cuenta una historia que el cliente quiere contar y el artista compone de forma magistral.

Entradas populares de este blog

Andrés Rueda: Estambul

Contra la Justicia y la Inquisición, chitón.

La mujer como símbolo