Desconsuelo

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christopher stott


Luisa se sobresaltó. Conocía la sensación de frío que paraliza el cuerpo de forma inesperada, repentina; como un puñal de acero clavado en su pecho por un asesino traidor, cuando nada se sospecha. Corrió asustada hasta donde se encontraba el aparato del teléfono. Levantó el auricular con expectación y con miedo.  Contestó a su madre como quien ya sabe que las nuevas anuncian pena, desconsuelo eterno. Hacía mucho tiempo que Luisa sabía que Berta andaba por el mundo en solitario, que apenas llamaba a su padre ni paraba mucho tiempo en ningún lugar. Se llamaba a sí misma Liberta y ni siquiera Luisa adivinaba de dónde le había venido todo ese rollo que ahora se llevaba entre manos; sólo el sonido telefónico le propinó el golpe de pánico tan característico, tan premonitorio. Marcó, como una autómata, un número de teléfono que sabía de memoria, tantas y tantas veces marcado tiempo atrás.
-Pronto? 
-Pronto. Mi sente?
-La sento
-Buongiorno. Me chiamo Luisa, spagnola. Io sonno un'amica di Berta...
-¿Española? Yo también soy española.
-¿Ah, si? Pregunto por Berta Maraghini. Berta, que estudió bachillerato en España; luego marchó a Roma con su padre. Soy amiga suya del colegio. Su hermano se quedó en Salamanca, estudiaba medicina. Se llamaba, o se llama, Alberto. 
-Sí, sí. Así es. Soy su cuñada. Bueno, lo fui. Estoy divorciada de Alberto, nos vemos poco. Perdona, no me he presentado, me llamo Carmen.
-Encantada.
-Debo decirte que Berta falleció el día once de noviembre. Apenas unos meses, aún nos parece mentira.
- ¡Oh! ¿Cómo? No puede ser!  ¿Qué ha pasado? ¡Dios mío!
-Sí, la vida, Luisa. Un accidente de moto acabó con la vida de Berta y, en parte, con la nuestra. Estamos hechos polvo. El niño aún cree que su mamá  vendrá  pronto.

La cuñada de Berta  no pudo contener las lágrimas que Luisa notó a través del teléfono. Sentía su voz, las pabras rotas, dichas a medio pronunciar entre sollozos. El cariño de Carmen por Berta llegaba hasta Luisa entre lágrimas. los suspiros de Carmen, mal disimulados, inevitables, se clavaron en el corazón de Luisa que apenas pudo contener el llanto.

-Carmen, me gustaría saber dónde está enterrada.
-Está en París, en el cementerio Père-Lachaise. Su marido es parisino. 
-Gracias por decírmelo. Un abrazo, Carmen. Gracias.

Luisa soltó el auricular. Invadida por el aturdimiento gritó el nombre de Berta sin cesar. Tapó su cara con ambas manos horrorizada por lo que acababa de oír. Sus pasos desordenados cruzaban la habitación sin rumbo fijo. Barrió el aire con los brazos, rasgó el ambiente, buscó a ciegas en las sombras que la rodeaban. La noche había caído sobre ella de repente. Después, extenuada, cayó como una muñeca de trapo  sobre el sillón que había junto al teléfono sin dejar de pronunciar en un susurro el nombre de Berta. Cuando despestó, preparó las maletas.Debía llegar a parís, llegar para quedarse.

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