Detrás de las fotinias

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Las dos amigas, Jean François Millet

En medio de un recinto amurallado transcurría su día a día. Se diría que permanecía ahí adentro por propia voluntad. Nada, en apariencia, impedía avanzar a la neófita. Sin embargo, ella permanecía en pie, callada, la cabeza baja, las manos juntas apretada una contra otra como si se sujetara un dolor interno más fuerte que ella misma; los labios apretados se abrían ligeramente de vez en cuando forzados por el aire que salía de su cuerpo, como una exhalación, como si fuera su último suspiro. 
Añoraba las tardes junto a Berta, tras el muro vivo que las separaba del jardín y de todas las demás niñas que junto a ellas se educaban, allá lejos, lejos en el tiempo y en el espacio, con las Reverendas Madres del Perpetuo Socorro. 
Por entonces ella soñaba con recorrer el mundo. Ella y su amiga, las dos juntas aunque estuvieran a miles de kilómetros una de la otra. Desde que una tarde estuvieron a punto de ser descubiertas, se juraron amor eterno. Amor eterno, cuando el amor es una libertad. Jamás hubieran tolerado una atadura, ellas, que se querían libres por siempre jamás. Ninguna, ni siquiera la que pide el enamoramiento. Ellas se amaban. Se querían de una forma dulce y generosa como nunca habían amado a nadie. Juntas soñaban con jóvenes varones que un día intentarían seducirlas. Hombres que las querrían por esposas. Ellas dirían que sí. Serían esposas y madres. Conocerían el amor de un hombre. Lo amarían hasta la muerte. Pero nunca dejarían de amarse entre sí, con ese amor que significa entrega, no sexo. 
Disfrutaban escapando del grupo, jugando a ser ellas al margen de las demás. Y cuando llegaban a la balaustrada, detrás del muro vivo de las fotinias,  miraban juntas el horizonte al otro lado del río, hablaban de su vida futura, cuando fueran mayores y estuvieran lejos de ese lugar.
Ahora, en el presente, Luisa sentía su corazón roto. Apretó los labios, de sus ojos brotaron lágrimas de pena.  Entonces pudo saber cuánto duele el amor.

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