Luisa

Naturaleza muerta. Pinturas fotorrealistas de Christopher Stott.D


Después de diez años alejada de su tierra natal, deseaba pisar el suelo de su casa española. Volver a dormir en su habitación de adolescente le parecía un sueño imposible. Las altas cumbres que cierran la vista del horizonte lejao, las mismas que tantas veces dibujó con los dedos desde la ventana de su casa cuando se ensimismaba con ellas y perdía la noción del tiempo, esas mismas cumbres ahora le parecían sacadas de una fotografía de alguna revista de viajes. ¿Será cierto que el tiempo lo borra todo? Todo. ¿Hasta el olor o el sabor de los cuerpos que un día yacieron juntos?
Su corazón latía al ritmo de sus pensamientos que se aceleraban a medida que la mente iba y venía de una escena a otra como si mirase fotografías antiguas a salto de mata. Se detenía un tiempo en una y saltaba a otra con nuevo alborozo. Otro recuerdo. Otro tema. Otra parte de su vida. 
Debió saltar o gritar sin enterarse porque su marido entró asustado. Ella lo miró con una sonrisa de oreja a oreja, y Bob se marchó sin entender nada, como de costumbre cuando Luisa hablaba sola y saltaba o reía sin decir nada a nadie. 
Pensó en Berta. Berta, ¡cuántos años!
El tiempo había pasado, irremediablemente; ahora se hacía consciente de algo real que no había notado antes con tanta intensidad, como si el tiempo fueran agujas que se clavaban en su pecho. ¿Dónde estará?, pensó. ¿Qué hará? ¿Qué habrá sido de ella?, se preguntaba a sí misma, una  y otra vez. ¿Qué estará haciendo ahora mismo?.
Recordó sus años de estudiante de Bachiller en el colegio junto a esa niña que un día le juró que nunca jamás iba a olvidarla. Luisa, entonces, le aseguró que ella tampoco dejaría de quererla jamás, ni cuando fuese una viejita de noventa años. Sin embargo, habían pasado dos décadas desde que recibió su última carta. Dos décadas en la ella tampoco la escribió más y larguísimos períodos de tiempo en los que ni siquiera se acordaba de su fiel amiga para nada. 
Su colegio. Aquellos muros donde encerraron tanto días y tantos secretos las dos, tantas confidencias hechas a solas, lejos de la vista de las madres, de las niñas, de las profesoras, lejos de todas. Ellas dos solas. Solas y juntas.

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