La Celestina en medio del mundo

Ambrosio Brambilla

Cuando se publica la Tragicomedia de Calixto y Melibea por primera vez la mentalidad de la época no concibe un amor bueno que pueda venir de manos de una hechicera. La mañas de las que se valen   -al margen de que después los clientes acudan a ellas, que éste es otro tema- non "malas artes", y de ahí no puede salir nada bueno. Además el buen orden y la buena moral las desprecia y la Santa Inquisición las persigue. Pues, como diríamos hablando con palabras, no se hable más, está claro, o debería estarlo si tan simples fuésemos los humanos. Pero sabemos que no es así. La inmoralidad se da y se repite, que esto es de dominio común. 
Si lo que representa la Celestina Rojas es el amor deshonesto, debe acarrear funestas consecuencias: sólo así es posible diferenciarlo con exactitud del amor honesto, el lícito, el permitido el que la sociedad exige para mantenerse como tal. Recordemos que el libro de Calixto y Melibea no fue censurado por las leyes vigentes, no se incluyó en el Índice de Libros Prohibidos. Y es que en esta tragicomedia todo acaba mal para los implicados. Y, sin embargo, todos ellos tuvieron sucesores. Otras celestinas siguieron a ésta y otros clientes y rufianes siguieron a aquéllo. Lo que ella toca, lo  que a ella rodea parece estar maldito, acarrea muerte y destrucción a la larga, después de la inmediatez del placer, que resulta caro en bienes materiales y en bienes espirituales. 
La clase de amor que procura y el modo de satisfacerlo se produce de modo artificial: a través de hechizos, conjuros, compuestos preparados por ella misma, engaños... Entre ellos y ellas anda el demonio, y si el demonio está presente es para llevarse su beneficio: las almas de los hombres y de las mujeres que por ahí andan. La doctrina cristiana, la religión, la moral de la época lo explica y lo justifica. El libro, la tragicomedia que tratamos, lo enseña con ejemplos claros.
El amor que les procura les venda los ojos, les lanza al peligro, los desvía del buen camino. Amor maldito recibe el castigo de la sociedad y de la justicia divina. Unos se arruinan, otros mueren, o todos mueren o todos se arruinan... En medio de un mundo próspero económicamente, en unas familias de Calixto y la de Melibea, a las que la vida les sonrie;  dos jóvenes que, de haber elegido el buen camino, nada les hubiera impedido casarse, amarse hasta el infinito y todo dentro de la legalidad civil y religiosa. Pero no. El demonio andaba por medio, pues sólo es a través de  él, con sus hechizos, comoCelestina consigue que Melibea le entregue su cinturón para Cañixto -símbolo de perder la virginidad-. 

La Celestina se muestra como la enemiga de la mujer, la vieja verde enemiga de la mujer honesta y más aún de la mujer joven, avisada, que no debe dejarse arrastar por sus tentaciones.
Celestina, la tercera más famosa de cuantas ha dado la literatura que hasta los palacios subió y hasta los infiernos bajó y dio su nombre a la profesión, y eclipsó en la obra de Rojas a los principales personajes, esta celestina puede servir de modelo a otras que le siguieron después, tanto en lo profesional como en lo psicológico o en sus cualidades personales. 
Una mujer vieja, astuta, religiosa quizás mas por conveniencia que por fe en Dios, o quizá más creyente de lo que se pudiera pensar -por ejemplo, cuando sabe que a morir, pide a gritos ¡confesión!, ¡confesión!.
No obstante ella acude a la iglesia más que a actos religiosos a buscar clientela, a ejercer su profesión de alcahueta, a enlazar amores ilícitos cubiertos por los velos y los vuelos modales.
Ella, la profesinal,  es un intermediaria en asuntos de amor ilícito. Vende brocados y reza, de algún modo debe intentar disimular sus malas artes. Su oficio de tercera no está bien visto, pero la clientela puede más que las habladurías y ella se las apaña para seguir adelante con su vida a su manera. Vive fuera de todas las normas sociales, por lo mismo aparenta estar dentro más que nadie; y por lo mismo, se sitúan al margen, en el límite que es posible cruzar con ciertar artimañas. 

Rojas hace del personaje de la alcahueta un centro narrativo alrededor del que se desarrolla la obra. A través de sus andanzas conocemos una rica ciudad del XVI, una urbe modelo de urbe rica y moderna: puerto de mar, navío, altas torres, burgueses ricos, criados, gente de mal vivir  y gentes de buen vivir; todos se cruzan en el ámbito del amor prohibido, de las andanzas prohibidas, de la marginalidad social aunque solo sea unas horas a través de la alcahueta.
La ciudad que diferencia tanto la forma de vida rural. En este ambiente vive la alcahueta -que no, necesariamente, es la bruja. La bruja no es, necesariamente, alcahueta- La profesión de tercera está más ligada a la ciudad. Donde se dan a la vez el trapicheo y los grandes negocios. Donde los viajeros abundan y las riquezas se mueven. Donde hay negocio. Dibuja una ciudad que puede parecerse a a cualquiera de las ciudades de la época con puerto de mar, incluso antiguas, como Roma y el puerto de Ostia; o como las muchas que aparecen en la pintura de entonces donde se ven altas torres, casas ricas, mercaderes... Tenemos ejemplos en la pintura flamenca y en la pintura gótica de la cultura burguesa donde muy bien pudo inspirarse Fernando de Rojas, a demás de en lo que sus ojos veían.
Ella, la tercera,  es una mujer vieja que conoce a los hombres y a las mujeres. El alma humana no tienen secretos para esta enredadora de almas cándidas y crédulas, dispuestas a pagar por conseguir lo que sólo el demonio puede lograr. 
Así lo quiere lal mentalidad d euna época y sus leyes.
El autor retrata de forma magistral una aspecto de la vida de su época. Un ámbito que no por ilícito es menos frecuentado por el paisanaje y por los viajeros de paso. Un ambiente que, sin embargo, se trata en una obra que no fue prohibida por la Inquisición. Y esto, según es la opinión más aceptada por los estudiosos de esta obra, debido a la moralidad que impone con su "moraleja": Esta clase de amor, conseguida a través del demonio, nunca puede salir bien. Prohibida por todas las normas: sociales y religiosas, es, además, fruto del engaño peor que pueda existir, el demoniáco.
Retrata de forma magistral el autor el mundo de los suburbios pobres, el de las mujeres del partido de aquella época, el de las hechiceras de aquella epoca, el de la clientele de aquella época. Época que, en lo que a pasiones humanas se trata, poco ha cambiado con las anteriores y con las siguientes. Pero este, señores, es otro tema.


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