Uso del género femenino como herramienta de poder

 François Émile Ehrmann

Si con el sexo se nace y con el género peleamos a lo largo de nuestras vidas, cabe preguntarse e indagar en la gran imposición cultural y la fuerza de la sociedad sobre cada uno de nosotros. 
Hace algunos años leí algo sobre las mujeres como un género ignorado. Creo que esta idea es cierta en parte. Pero creo también que más que ignoradas, hemos sido utilizadas -como todos los grupos sociales minoritarios- por los agentes del poder. 
Y, enfocado el tema desde este ángulo, la mujer cuando adquiere poder -aunque sea un poder dependiente- se convierte en un agente tan cruel o tan compasivo como si el agente fuese un hombre. El  modo de actuar de unos y de otras, con técnicas distintas y métodos diversos, se orienta al mismo fin: coseguir el poder y mantenerse en él. Nada más.
Nos encontramos tantos ejemplos a lo largo de la Historia que inútil es recordarlos, demasiado conocidos y sabidos. Y diría lo mismo de las personas encuadradas en cualquier otra minoría social. Se trata de una cuestión de posiciones sociales, no de una cuestión de género o de color de piel, o de lugar de procedencia. Y aquí rompo una lanza por los individuos y su categoría humana.
Desde que Bachofen habló de matriarcado se lanzaron teorías y suposiciones que hasta la fecha nadie ha demostrado. Que el género femenino no sea dominante no implica que las mujeres, como individuos, no adquieran poder, y lleguen, algunas, a detentar gran poder. 
La estructura social patriarcal exige de ellas renuncias que no exige a los hombres. Impone el dominio masculino. Ellas, por lo general, sobre todo en las llamadas clases medias, deben mostrar públicamente su honestidad que se refiere a mantenerse vírgenes hasta el matrimonio más que a comportamientos de otra índole. En el caso de los hombres, la honestidad nada tiene que ver con su sexualidad. Pero ellas, usan de estrategias, como ellos, culturalmente definidas y socialmente aceptadas, para  influenciar y dominar a los demás.
En los tiempos actuales se ha llegado a una situación en el que una mujer parece gozar de mayores libertades  que en la época de sus abuelas. Sin embargo yo he observado que muchas de estas mujeres con cargos o con poderes menos públicos no dejan de ser individuos con deseos de dominar a los demás. Y han usado y usan a diario las estrategias que ya utilizaran sus ancestros -masculinos y femeninos-  para lograr posiciones sociales de alto status y/o mantenerse en el poder.
En ciertos casos -ya hablé de ello en otra ocasión- usan las acrobacias femeninas de antigua factura para conquistar y poseer, llamadas femeninas; en otros se apañan con las estrategias de moda en el momento -sean compromisos políticos, sociales o culturales- y en otros se convierten en las más dóciles amigas y expertas amantes. Usan de ese dicho antiguo: En la guerra y en el amor todo vale.
Para éstas el género y las luchas feministas no son más que una mera herramienta política que usan para lograr sus aspiraciones personales.
Estas mujeres, feministas por lo general según ellas, no son feministas, ni femeninas, ni otra cosa que mujeres con ambición de poder. Y de éstas ha habido siempre, como de las otras, pero su nombre de feministas no las iguala a las que pelearon en el origen por los derechos de ese género maltratado como género. Minusvalorado como género. Y ellas sólo se han apuntado a un carro que ahora tira más para llegar a su objetivo: el poder.
Si el feminismo es conseguir el reconcimiento social de esos derechos ellas no son feministas, son oportunistas. Nada más.

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