Agua, San Marcos.

Lluvia en Madrid, Antonio Vara.
Hoy, que ¡por fin! ha llovido en Madrid, pienso en los tiempos en los que los conjuradores de nubes cobraban un salario y disponían de una garita en los alto de una torre -un campanario, por ejemplo- u otro lugar alto, para echar fuera las nubes que amenazaban los sembrados con su descarga. En estos casos se trataba de ahuyentar demonios y de evitar el temido granizo,  pedrisco o  piedra.
Se cree desterrada de la faz del mundo que nosotros habitamos la creencia en demonios y nublados traídos por ellos o malas arte de brujas, y asuntos similares. Sin embargo, los amuletos y los rezos usados como protectores y para invocar el auxilio divino, que se han usado y se usan hoy día, nos dicen lo contrario. 
Hace años, cuando hacía trabajo de campo en la zona interior de la provincia de Alicante, tuve informantes que habían conocido conjuradoras de nublados. Las más ancianas habían nacido a finales del siglo XIX, y ejercieron durante el XX. Iban acompañadas de niños que "les agarraban de las faldas para que el viento fuerte que venía no se las llevara".
Llevar hierba de ruda colgada al cuello, o castañas guardadas en un bolsillo, o lúminas, o escapulario, medalla, estampas... se usaban antes y se usan ahora. 
Misas para conjurar se decían, y clérigos conjuradores existían. Y ahora no se hace -o no tenemos noticia de ello- quizás porque se lleva más "no creer" en esas cosas que por ganas de recurrir a lo que haga falta para acabar con esta sequía que ya empieza a ser preocupante.
Deseamos que llueva. Nuestros cuerpos y nuestros medio ambiente lo necesitan. Necesitamos el agua caída del cielo que nos da la vida. Ahuyentamos los truenos que los dioses enfadados nos envían o las envidias o malos quereres de los vecinos nos mandan cuando  a ellos les conviene. Nos defendemos como podemos, por lo general con palabras y actos rituales a falta de otros medios, quizás, más eficaces pero no menos consoladores en el momento crítico del pavor que nos invade, el pavor que nos paraliza o nos mueve a actuar rápido, muy rápido, para ahuyentar el mal. Cuando sólo nos queda la palabra, la palabra se activa y va directa al peligro; y de modo directo y claro le ordena que se marche de all´. Lo empuja. Lo lanza a otra parte, lejos; lo más lejos posible.
Y se le dice a la nube que se vaya. "Nube vete", en el nombre de Dios y de todos los Santos que sea de rigor nombrar. Pero que se vaya de ahí, de su campo, de su tierra, de su casa.
Un miedo similar invade a las personas cuando se desea que venga la lluvia, que venga la vida. Y los ritos para unas y otras ocasiones se establecen en la sociedad como una actividad necesaria más. Y se recitan oraciones, se montan procesiones, rogativas varias para rodear a la comunidad de esa protección divina que le es necesaria para vivir.

"Agua, San Marcos,
 rey de los charcos,
 para mi triguito
 que ya está florido,
 para mi aceituna
 que ya tiene una".

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