El pecado del miedo

Manzanas, Vicent Van Gogh.


Cuando diez años para mi eran mucho tiempo y quince me parecían la edad de los adultos, deseaba llegar a cumplirlos con esperanzada impaciencia. ¡Tenia tantas ganas de tener claro todo lo que entonces me preocupaba!
No me preocupaba el hambre que algunos decían que había en España, quizás porque yo no lo sentía ni lo veía por ningún sitio; como tampoco veía a los "chinitos" ni a los "negritos" ni a los "niños infieles" por los que tantas veces salí a postular: con una hucha de barro que representaba la cabeza de un chino o  de un negro. A mi lo que más me preocuaba era "morir en pecado mortal", y como no sabía muy bien cuándo un pecado era mortal o venial -porque a veces la línea divisoria dependía del adulto que te lo dijera- pues yo tenía bastante confusión.
Cuando ya había hecho los "Primeros viernes de mes", que ahora no recuerdo cuántos eran en total los que había que hacer, pero sé que cumplí el requisito con creces, y había dicho muchísimas jaculatorias y realizado otras prácticas y orado por mi alma y las de muchos otros, me enteré de que para que "algo sea pecado mortal", es preciso "querer ofender a Dios". Sentí un alivio enorme. Nunca, jamás, había yo deseado ofender a Dios. Nunca. Ni a Dios ni a nadie.
Entonces, ¡qué bien!, me dije: !Nunca he pecado!
Los veniales me preocupaban poco. Y mortales no tenía. Pues se acabó el problema.
En otra ocasión en la que diez años seguían pareciéndome muchos años y los quince todavía eran el futuro, hice una promesa por todos los niños infieles, o por los que sufrían, o por algo así, ya no me acuerdo bien. La cuestión es que pensé en ir a misa todos los días durante las vacaciones de verano.
Debo decir que ir a misa todos los días, mientras se está en el colegio, es muy fácil. Más aún, es/era una imposición. Una obligación más del día a día de las colegialas.
La circunstancia cambió al llegar las vacaciones.
Problema: En mi pueblo la misa diaria sólo se podía oír a las siete de la mañana y yo me levantaba a las once o más tarde. Hice un verdadero sacrificio para madrugar durante varios días, quizás una o dos semanas; pero todo el verano me fue imposible.
Vino en mi ayuda una noticia de la que me enteré al volver al colegio: "A las monjas que quieran dejar de serlo, el Papa puede dispensarlas de los votos perpetuos."
Pues si eso es cierto, pensé, a mi me puede dispensar el confesor de la promesa de ir a misa. Y así se lo dije en el confesonario. Y él lo entendió y me dispensó de la promesa. Como yo le dije que me lo cambiara por otra cosa, me lo cambió por tres Avemarías. Y yo, que aún no había llegado a la edad de los adultos de quince años, y diez años eran muchos y apenas los acababa de cumplir, me sentí feliz.

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