El gato negro



Entre los animales asociados con la mujer bruja, el gato negro es el más nombrado en las entrevistas que yo he hecho. Nada extraño dado que estos animales andan por los pueblos y ciudades en mayor libertad que otros, como los perros callejeros que, sobre todo en las grandes ciudades se ven pocos.  No digamos de los búhos o de las lechuzas o de los sapos. He oído a personas adultas y a personas jóvenes exclamar alguna cita conocida para ahuyentar el mal augurio al ver a un gato negro, o cruzar los dedos, o decir algo –aunque sólo fuese: “Pero qué tonterías…pobre gato” y similares. O sea, que aunque sea para indicar que “ella en eso no cree” y no dudo de que sea sincera al decirlo, la persona en concreto –hombre o mujer, puntualizo- habla en alto. El animal ha provocado una reacción en el humano que, entre otros sentimientos, uno es, sin duda, la necesidad de hacer o de decir algo.  O sea, no permanecen indiferentes ante la presencia del gato negro.

Me pregunto si con los perros, con los lagartos y otros animales que el hombre ha identificado con las fuerzas del Mal y a sus representantes ocurrirá lo mismo. Yo no lo he visto ni tampoco oído. He oído que los lagartos se comen, que los sapos se comen, también que se comen gatos –no sé si cualquier gato o solo los que no son negros, supongo que para el hambre si “no hay pan duro”, ni raíces vegetales que se le resistan, tampoco debe haber mucha predilección por el color del plumaje o pelos del animal a ingerir; pero esto es sólo una suposición mía-.
Un informante me decía en una ocasión, mientras me hablaba de sus teorías y prácticas espiritistas, “Algunos me dicen: ¿Qué Antonio, cuantas recetas de rabo gato has hecho hoy?”

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