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Mostrando entradas de enero, 2018

El olvido y la memoria

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He olvidado todo.

Veo una luz que avanza hacia mi. Me envuelve. No oigo nada.
Mnemosyne se aproxima. Trae un niño de la mano. Me lo entrega. Lo cojo.  Se desvanece. No siento nada.
Mnemosyne se acerca a mi. Me toca. Me besa. Me rodea. Me habla.
Oigo la voz de la diosa que recita:
"Es la tarde gris y triste, viste el mar de terciopelo y el cielo profundo viste de duelo".
Mi voz se une a su voz:
"Del abismo se levanta la queja amarga y sonora. la onda, cuando el viento canta, llora".
Su voz se aparta. Entra el sonido del viento:
"El jardín tiene una fuente y la fuente una quimera... "
Me fundo con el viento y vuelo.



Dedicado a Miguelón

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Los que hemos nacido y vivido en pueblos y cursado estudios en otro lugar pertenecemos a un sector social que nos presenta como diferentes del resto de las personas del lugar -y digo diferente, no mejores ni peores. Nuestras idas y venidas señalaban -al menos en mis años de estudiante- un hito en el calendario. Cuando andábamos por allí, significaba a ojos vista que el tiempo había pasado -para los mayores demasiado deprisa- Estábamos  de vacaciones otra vez. Coincidíamos entre nosotros en una experiencia común que se repetía igual a sí mismo todas las veces que regresábamos. 
La fórmula adquiría, espontáneamente, un carácter único. Incluso entre un pueblo y otro las diferencia apenas se percibían -si las había:
-¿Ya has venido? ¿Y cuándo te vas? Estas dos frases, inequívocas. A veces entre la primera y la segunda, o antes y después de empezar lo que ya parecía haberse convertido en una fórmula, se decía alguna otra palabra o alguna pequeña frase o una exclamación; lo que permitía o d…

Los maridos

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Conocí a una mujer de ciento dos años que, cuando se hablaba de maridos, ella decía: Los maridos son una cosa que unas veces los pondrías en un altar y otras los tirabas por la ventana. Se basaba en la experiencia de vida larga  más que en la que aporta el conocimiento directo de casos varios. Porque ella, en directo, directo, sólo había conocido uno: el suyo.

En una ocasión, el señor cura párroco de una localidad extemeña tuvo a bien convocar a un grupo de feligresas Se hallaban ellas, por edad, entre los cincuenta-sesenta años.
El buen hombre las exhortó a que tuvieran más hijos, porque -argumentaba- ellas podían mantenerlos.
Les recordó -porque ya lo habían mandado en la ceremonia del matrimonio católico- que debían obedecer a sus maridos.
Callaron todas menos una, cabrera de profesión y de vida -pasaba sus días en el monte y bajaba al pueblo de vez en cuando y, en una de tantas,  se encontró con la carta del cura. Asistió y escuchó. Pero no calló.  Con el mayor respeto y ante la …

La eterna juventud...

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Leer a los antiguos es cosa que enseña, como decía mi abuela, más de lo que los jóvenes podéis imaginar. Otros dicen que ya está todo dicho. Pero a mi me parece que dicho o no, conviene repasar y releer, que siempre se aprende algo nuevo.
Así me ha ocurrido a mi cuando en El jardín de flores curiosas, me enteré de la longevidad  de algunas personas.
Citan las crónicas casos de personas tan longevas que, como si renaciesen de sí mismas, volvían a la juventud después de alcanzada la vejez.
El autor de tan singulares casos, que decía ser ciertos y que así lo habían contado fuentes dignas de respeto, escribió también sobre la gran dificultad de creerlo y más aún de verlo. Pero, él contarlo, lo cuenta y de su escrito extraigo algunas líneas dignas de admiración y no menos de sorpresa.

Hernán López de Castañeda cuenta que allá en la India en el año de quinientos treinta y seis  había un hombre de trescientos y cuarenta años (...) Había rejuvenecido cuatro veces, quitándosele las canas y  a…

Una copa...

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Hay una imagen  que se repite en en la Historia de la pintura -al menos desde el siglo XIX hasta nuestros días-: Una mujer sola fuma y bebe sentada en un bar. Grandes artistas, como: Toulouse-Lautrec, Manet, Van Gogh, Hopper, Picasso, Lorusso... han retratado a mujeres en ese estado. Expresan desolación, soledad, abatimiento, desilusión. Ni siquiera parecen tristes. Parecen personas sin esperanza, personas a las que ya ni siquiera les duele su pesar de tanto como pesa. El dolor está por encima, las cubre, las sobrepasa. Parecen indiferentes ante un mundo bullicioso dentro del que ellas no están, no están en la fiesta. La alegría de la veda queda fuera. Está en otra parte.  Dejan caer su soledad sobre la mesa, se dejan caer como si soltaran un peso enorme. Mujeres jóvenes sumidas en un ensimismamiento vacío. Miran sin ver. Rotas. Refugiadas en un sitio público, cerrado: un bar. El ambiente cerrado, oscuro, refuerza esa soledad que ella siente, la tristeza inmensa que convierte el dolo…