Dedicado a Miguelón

Sorolla

Los que hemos nacido y vivido en pueblos y cursado estudios en otro lugar pertenecemos a un sector social que nos presenta como diferentes del resto de las personas del lugar -y digo diferente, no mejores ni peores. Nuestras idas y venidas señalaban -al menos en mis años de estudiante- un hito en el calendario. Cuando andábamos por allí, significaba a ojos vista que el tiempo había pasado -para los mayores demasiado deprisa- Estábamos  de vacaciones otra vez. Coincidíamos entre nosotros en una experiencia común que se repetía igual a sí mismo todas las veces que regresábamos. 

La fórmula adquiría, espontáneamente, un carácter único. Incluso entre un pueblo y otro las diferencia apenas se percibían -si las había:

-¿Ya has venido? ¿Y cuándo te vas? Estas dos frases, inequívocas. A veces entre la primera y la segunda, o antes y después de empezar lo que ya parecía haberse convertido en una fórmula, se decía alguna otra palabra o alguna pequeña frase o una exclamación; lo que permitía o daba ocasión a que surgieran variantes más notables. Por lo demás, se repetían como calcadas unas de otras. 

En una de estas yo recuerdo a un señor que siempre me decía: ¿Ya has venío? ¿Cuándo te vas? Te llevará el papa (sin acento) Tú, hija, di que a monja no te metas. El buen hombre, porque era un  hombre bueno, trabajador, pobre, inculto, que iba mucho por mi casa y quería mucho a mis padres y a nosotros, los niños. Él cogía mi mano, para saludarme lo más educadamente posible, con una gran sonrisa que manifestaba contento de verdad. Alegría de verme. Cogía mi mano entre las suyas, la movía de arriba a abajo un rato largo sin dejar de sonreír y de darme consejos sobre lo bueno que era estudiar y que no me fuese de monja por razones varias.
A él le quiero dedicar este escrito. Sobre él podría escribir, si no una biografía, si un buen conjunto de anécdotas y retazos de su vida. Pero ahora no es el momento ni el lugar. Sí señalaré un par de ellas como apoyo a la consideración de su persona y como muestra de lo que este hombre fue.

Estaba él en mi casa. Llegó un vendedor de libros. Mi madre, que no iba a comprar nada, le saludó y le iba a despedir, pero no le dio tiempo. Antes de que pudiera hablar, este señor se dirigió al vendedor sin preámbulos:

Esos libros que usté vende, ¿son buenos?. Sí, le contestó el vendedor.  ¿Se los ha leío usté todos? Y diga usté, ¿Ahi pone por qué los guardias civiles se jubilan a los sesenta años y nusotros a los sesenta y cinco? ¿Ahí pone por que´cuando vas al médico te dicen: Es usté del seguro o de pago? Si es de pago: pase, pase. Si es del Seguro, se espere, se espere... Y diga usté. ¿Hay pone...

Y no acertó mi madre a contarme más porque no había mucho más que contar, excepto el fin de la charla. El vendedor que no sabía si seguir callado o decir algo, dudaba y balbuceaba, y finalmente, rió y se despidió. 


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