Una copa...


Lorusso



Hay una imagen  que se repite en en la Historia de la pintura -al menos desde el siglo XIX hasta nuestros días-: Una mujer sola fuma y bebe sentada en un bar.
Grandes artistas, como: Toulouse-Lautrec, Manet, Van Gogh, Hopper, Picasso, Lorusso... han retratado a mujeres en ese estado. Expresan desolación, soledad, abatimiento, desilusión. Ni siquiera parecen tristes. Parecen personas sin esperanza, personas a las que ya ni siquiera les duele su pesar de tanto como pesa. El dolor está por encima, las cubre, las sobrepasa. Parecen indiferentes ante un mundo bullicioso dentro del que ellas no están, no están en la fiesta. La alegría de la veda queda fuera. Está en otra parte. 
Dejan caer su soledad sobre la mesa, se dejan caer como si soltaran un peso enorme. Mujeres jóvenes sumidas en un ensimismamiento vacío. Miran sin ver. Rotas. Refugiadas en un sitio público, cerrado: un bar. El ambiente cerrado, oscuro, refuerza esa soledad que ella siente, la tristeza inmensa que convierte el dolor en éxtasis, parece encontrarse en el más allá. Tan lejos del lugar donde su cuerpo se halla que ni siquiera parece enterarse de que junto a ella puede haber alguien mas. Y si lo hay no le importa. No ve nada. No quiere ver. 

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