Un fin de semana

Luis Masriera







El viernes de la semana próxima las que queráis ir a vuestras... Apenas comenzó a hablar la madre prefecta, las niñas se pusieron en pie con aplausos y gritos de alegría. El final de la frase, inaudible, se entendía sin más. Tenían permiso para salir del colegio dos días, dos días enteros. Estarían con sus padres en su casa, ¡en casa!: sin horarios, sin monjas, sin uniforme, si clase, en la calle... ¡Bien!... 


Viajarían sólo aquellas alumnas que sus padres fuesen a recogerlas, o, en el caso de las mayores, las que pudieran coger un tren o un autobús hasta sus pueblos, lo suficientemente cercanos para que el viaje mereciera la pena. Ellas, las que se quedaban,  se animaban unas a otras con la esperanza de poder salir solas, y , tal vez, durante más horas de las establecidas para los días de paseo habituales: sábados, domingos y festivos. 

Luisa iría a su casa. Invitó a Berta, que de no aceptar la invitación, sería una de las que se quedarían en el colegio .
El viernes por la tarde, a la hora de salir del Rosario, las alumnas se dispersaron más rápido que otras tardes; algunas ni siquiera pasaron por el comedor para merendar. Subieron,  al dormitorio, cogieron el equipaje y se marcharon a la estación de autobuses o de tren -las que viajaban solas, sin padres; o se quedaron en el recibidor, en la planta baja, esperando a que llegasen a recogerlas lo suyos.

 Cuando bajaron, los padres de Luisa esperaban impacientes.  Se abrazaron todos como si no se hubiesen visto en años. Las niñas sin dejar de reír y de moverse de acá para allá, con ganas de salir pitando, cuanto antes. El pequeño grupo se dirigió a la puerta,  la portera les abrió  y les deseó feliz viaje con na sonrisa de  amabilidad a la que las niñas no estaban acostumbradas. 
El domingo, antes de las nueve de la noche, estarían las alumnas de vuelta en el colegio.
 ¿Pero quién pensaba en eso ahora? 

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