El paseo

Tradición y modernismo


La hermana de Isabel se matriculó de preu fuera del colegio. Eso le permitía una libertad imposible dentro de ese pequeño universo vallado de reglas,  más difíciles de saltar que los muros de piedra que lo rodeaban.
Con cuánto gusto se hubieran cambiado por ella, con cuánto gusto se entretenían con el intercambio de sueños adolescentes mientras con desgana masticaban algún dulce o las últimas chucherías compradas en el último quiosco por el que pasaron durante el paseo.  Luisa parecía distraída. Apenas participaba en la conversación, apenas sonreía. Esto para Berta era una señal de alerta. Miró a su amiga y le preguntó, sin hablar, por su silencio, por su mirada fija en un punto lejano, por su gesto con los labios: el que siempre se le escapaba cuando se preocupaba o se irritaba y no era capaz de dejarlo a pesar de las muchas advertencias de sus educadoras "Luisa, hija, no hagas eso con la boca. No queda bien. Tienes que quitarte esa costumbre"; pero en ese momento no estaba para controles de posturas ni de presentar su mejor imagen.  Luisa, muy seria, gritó: ¡No! ¡No señor! ¡No hay derecho! ¿Os dais cuenta? -les dijo a sus amigas como si hubiera despertado de golpe con una lucidez mayor de la habitual-. Ellos se portaron mal y nosotras recibimos el castigo, porque esto es un castigo…

El cielo encapotado envolvía la tristeza de las niñas, acurrucaba su soledad, las acompañaba en su aburrimiento durante aquella tarde de paseo dominical alejadas del centro de la ciudad, lejos, lejísimos, del parque al que las habían llevado de paseo hasta ese día. ¡No hay derecho!, repetía Luisa y agitaba la cabeza de un lado a otro, y se mordía el labio inferior con fuerza:  ¿Y esto por qué? ¿por qué? repetía, mirando a sus amigas como si ellas tuvieran la respuesta. Una respuesta que intuían, que todas aceptaban pero ella no; al menos no sin aclaración, sin razonar el hecho que lo había motivado.
El cambio del lugar de paseo se debió a una orden de la superioridad, por supuesto, aunque nadie dio explicaciones a las adolescentes, sabían que era de la madre superiora, o de la madre prefecta ¿quién si no?. Las niñas ignoraban de dónde y de quién o de quiénes surgió esa idea. Ellas sólo alcanzaban a comprender que a las reverendas madres no les había gustado que el domingo anterior, durante el paseo habitual al parque de los Rosales, ni una sóla niña anduviera sin acompañante masculino. Todas desde la mayor hasta la más pequeña, pudo disfrutar no sólo del placer de andar, sino también del placer de la conversación de un niño o de un casi hombre, que a su lado, caminaba y hablaba y juntos se reían. Los grupos de colegiales y de colegialas, esa tarde, circularon entre los rosales, bajo los álamos y alrededor del estanque, donde solían entretenerse las criadas con los muchachos que hacían la mili, las niñeras con los bebés y pequeñajos jugando o ligando también con los soldados.

Ese día los chicos estaban allí como castigo por mal comportamiento. Armaron demasiado alboroto en el comedor. Pasaron la tarde en el mismo sitio que las chicas y como las chicas: por el parque; en lugar de hacerlo a su aire, con su pandilla por donde les apeteciese. Así salían ellos cuando un castigo no se lo impedía: sin custodia ni vigilancia ninguna. Sin lugar de destino único y obligado. Sin chicas o con ellas. 
De vuelta al colegio las chicas debieron responder ante la madre prefecta, que preguntó a las jóvenes por  lo que había pasado. Nada, madre. Sí, madre. Paseamos. Bien. Sí, hablamos. No madre. Sí, madre. Buenas noches, madre.
Los estudiantes, los jóvenes que crearon el bullicio merecedor de tal castigo ,no debieron pasar inspección semejante. Cumplieron su castigo y, por lo que ellas alcanzaron a ver, pasado éste, todo siguió igual: al volver de aquella lejana y solitaria plaza de toros, una tarde de un domingo de invierno frío y gris, ellas vieron a algunos de aquellos grupos de chicos pasear por la acera de enfrente del colegio, y vieron cómo desde allí las miraban al pasar y se paraban frente a la puerta custodiada por dos monjas y por la portera.  Ellas, las  niñas, nunca más a lo largo de ese curso volvieron a disfrutar de la Rosaleda.

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